El romance, el romance, el romance y yo.

Y yo, y yo, y yo siempre detrás de él.

Persiguiéndolo.

Buscándolo.

Añorándolo.

Maldiciéndolo, y reconciliándome con él.

Yo, niña párvula de pocas certezas y tantos anhelos.

Y él, ente milenario, resultado del cómputo de todas las bellezas.

Entre más me enamoro más se me escapa.

Entre más lo conozco menos lo entiendo.

Entre más lo amarro más se desliza de entre las cuerdas de mi locura, y cuando creo tenerlo, se evapora en la atadura.

Él, cáliz sagrado de embriagador sabor.

Ella, ave blanca de infinitos cielos.

Entramos en el ring, recibo todos sus golpes, esquiva todos mis besos.

Entra en mí, salgo de mí, aterrada por su presencia.

Se me atraviesa en las calles, en los cielos, en las costillas.

Se me aparece en los sueños, en las miradas, en los silencios.

Se me aparece en las melodías y en las melancolías.

Se aparece en algunas muy determinadas oraciones sin nada aparente de especial.

Se me aparece en lo desconocido, susurrándome que de él yo no sé nada.

Y en las rutinas, cuando finjo normalidad ante su existencia.

Es un fantasma que me mofa, me regatea y me sorprende por detrás con una sonrisa del gato de Cheshire.

Me mira a los ojos retando a mis pasiones, es la sonrisa de la mona lisa hablándome en aquel idioma extranjero que aprendo y olvido, descifro y cambia.

El romance es una flor de loto que se me revela oculta y perfecta, como natural certeza de la belleza de lo inefable.

Y en ocasiones, es quizás una noche oscura del alma, en el incierto deseo de sobrevivir.

Incluso es de vez en cuando un vicio.

Pero al final de todo éxtasis, de toda luna y todo combate, se desvanece como si todo el tiempo hubiera estado solo en mi cabeza.

Y deja esa mancha imborrable de mal gusto, que pareciera decir en letras imperiales:

Aquí me quedo.

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